miércoles, 12 de febrero de 2014

Inmigrantes



Aproximadamente la mitad de mis alumnos son de origen inmigrante.

Inmigrante.
Curiosa palabra.

Recuerdo cuando la aprendí en el colegio. Nos enseñaron que quien se iba del país se llamaba emigrante, y quien venía, inmigrante. A mí me resultó curiosa la diferencia y me gustaron la palabras que la expresaban. Emigrante/Inmigrante. En mi mente aparecía la imagen de unos cuantos españoles marchándose a algún país del norte, y de otros tantos europeos viniendo a España. Hasta ahí llegaba el significado de estas palabras, aún libres de connotaciones.

Podría decir que trabajo en un instituto internacional. Si lo dijera de ese modo, lo dotaría de prestigio. Pero en la mente de quien me escuchara aparecería franceses, estadounidenses, alemanes, ingleses. Internacional es bueno, y los buenos son ellos. En mi instituto, sin embargo, hay rumanos, senegaleses, ecuatorianos, marroquíes. Y a ellos les toca ser inmigrantes.

Y no, no es un mal instituto. Españoles y foráneos son todos más o menos pobres, tienen todos una familia más o menos desestructurada, muestran todos un nivel cultural más o menos bajo. El número de apellidos, lo exótico de los nombres, el color de piel, pelo u ojos, la presencia o ausencia de documentos legales no pueden ser utilizados para predecir el éxito, ni tampoco el fracaso.

Y eso me gusta, me reconforta. Me siento privilegiada por conocer tantas personas de tantos países, por compartir sus lenguas, sus acentos, sus costumbres. Envidio secretamente la posibilidades que se les abren, a unos y a otros, de viajar, de intercambiar experiencias, de salir del ambiente monocromo en el que yo me crie y explorar un mundo de colores.

De ser internacionales, multiculturales, plurilingües, aunque sea a lo pobre. 
Es decir, inmigrantes.

domingo, 9 de febrero de 2014

Celebrarme



Cuando era más jovencita, admiraba en algunas personas de mi misma edad la capacidad que tenían para celebrarse: para convertir sus fechas importantes, como el cumpleaños, en un día especial. Me gustaba que tuvieran el detalle de preparar un bizcocho o una tarta, que organizaran una cena o una comida en su casa. Envidiaba el reconocimiento que recibían, la sensación de fiesta que generaban. Me daba cuenta de cómo un pequeño gesto conseguía poner en marcha toda una marea de buenas sensaciones, de alegría. Entendía que lo que recibían a cambio era mucho más de lo que daban, y mucho más de lo que yo me atrevía a desear.

Por aquel entonces, todavía era incapaz de celebrarme. Mantenía la intuición infantil de que son los otros quienes convierten tus días en especiales, los otros quienes organizan tus cumpleaños, los otros quienes se acuerdan de felicitarte o de hacerte un regalo. Aún sentía un pudor inmaduro hacia cualquier forma de autofestejo, temiendo que fuera interpretado como una imposición o exigencia, o bien como una expresión de mi egocentrismo. Y todo ello a pesar de tener la certeza de que la misma acción realizada por las personas que me rodeaban no era interpretada más que como una invitación generosa a la fiesta.

Poco a poco y muy lentamente, he ido adquiriendo la capacidad de celebrarme. He aprendido a organizar mis cumpleaños, a preparar comidas y cenas en mi casa, a sorprender a quienes me rodean con dulces en los días especiales. Si bien todavía estoy lejos de los detalles que admiro y de otros que se me han ido ocurriendo, me siento ya instalada en una sólida rutina de celebraciones autogestionadas. Y me he dado cuenta de que esta capacidad se apoya en dos actitudes que, aunque para mí siempre han tenido importancia, no he sido capaz de desarrollar sino con los años. 

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