viernes, 10 de enero de 2014

Vulnerables



Acabo de descubrir, viendo un documental, que los primeros animales que existieron en la Tierra no se alimentaban unos de otros. La verdad es que nunca hasta ahora me había planteado quiénes fueron primero, los herbívoros o los carnívoros; supongo que pensaba que la dichosa "cadena alimentaria" estaba ahí desde el principio. Sin embargo, me entusiasma haber descubierto que esto no es así.

Cuando estos animales aparecieron, hace muchos, muchos años, no existía el concepto de "depredador". El peligro era escaso, así que estos seres carecían de caparazones, garras o dientes. Por el contrario, estaban compuestos de una suave y viscosa masa que nadaba tranquilamente en el agua, abriendo la boca para atrapar el plancton (fitoplancton, entiendo) y descansando apaciblemente en el lecho submarino.

El caso es que esta visión me ha llevado a reflexionar, no tanto sobre el origen de los animales, sino sobre quienes parecen ser el último eslabón de esa cadena evolutiva: los seres humanos.

Y es que esos familiares lejanos, desnudos y vulnerables, me resultan muy cercanos a nuestra propia especie. Pareciera como si, después de millones de años, tras tanta evolución, tanta supervivencia del más fuerte, tanta violencia necesaria y tanta gratuita, tuviésemos la oportunidad de regresar al principio.

Gracias a la tecnología, el ser humano ha podido desprenderse de garras, dientes e incluso pelo. Anatómicamente, estamos muy cerca de nuestros primeros antepasados: si nuestra supervivencia dependiera exclusivamente de los recursos de nuestro propio cuerpo, resultaríamos una masa suave y viscosa que apenas lograría más alimento que el que entrase en su boca con un esfuerzo poco mayor que el de abrirla.

Sin embargo, nosotros podemos darnos un lujo del que no gozaron los primeros animales. Ellos se extinguieron en cuanto surgieron otras especies que optimizaron los "recursos" del ambiente mediante la depredación. Nosotros, por el contrario, podemos conservar nuestra carne desnuda mientras aprovechamos los recursos de un ambiente que la cultura atesorada a lo largo de los siglos nos ha enseñado a optimizar. Y, lo más importante, podemos hacerlo como lo hacían los primeros animales: sin necesidad de depredación.

Esta es una idea que me reconforta, que llena de sentido la manera en que trato de conducir mi vida, como si un mar apacible rodease mi cuerpo y todo lo que necesito estuviera al alcance de mi boca.

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