domingo, 19 de enero de 2014

Ciberactivismo



Cuando hace algunos años empecé a oír hablar sobre el ciberactivismo, me invadieron varios sentimientos encontrados. Por un lado, la idea de poder luchar por las causas en que creo cómodamente sentada frente al ordenador me resultaba demasiado tentadora. Por otro, esa arrolladora comodidad se oponía a ciertos valores que, hasta entonces, consideraba irremediablemente asociados al activismo: sacrificio, esfuerzo, dedicación.

Varios años después, en una coyuntura social y política que exige de nosotros un importante compromiso, y con el desarrollo que el ciberactivismo ha alcanzado hasta ahora, me atrevo a decir que he conseguido formarme una opinión sobre este tema.
 
El ciberactivismo existe. Y es posible. No es una mera excusa para no acudir a las manifestaciones, como me pareció en otro tiempo. En los últimos años se han desarrollado varias plataformas (como change.org o avaaz, en las que participo) muy activas y eficaces, que nos permiten ejercer nuestra ciudadanía en campañas de temática y alcance muy diverso. En este sentido, el sacrificio y el esfuerzo necesarios para sacar adelante una causa pueden haberse reducido (lo cual no deja de ser una buena noticia); pero no así la dedicación, mucho más relacionada con la eficacia, y que actualmente no hace más que aumentar.

Por otra parte, el ciberactivismo no ha acabado con el activismo tradicional, como alguna vez llegué a temerme. Muy al contrario, lo ha revitalizado: gracias a las redes sociales, entre otros medios, hoy es mucho más sencillo organizar, difundir y conocer cualquier concentración, manifestación o acto reivindicativo que pudiera interesarnos. Esto ha facilitado la participación de muchas personas que han convertido su asistencia a estos actos en algo cotidiano.

El ciberactivismo, por tanto, no solo no ha desnaturalizado el activismo tradicional, sino que lo ha renaturalizado. Tan natural es hoy responder a un correo electrónico como firmar por una causa de alcance internacional, quedar con los amigos el sábado como acudir con ellos a una manifestación, difundir un chiste malo por el móvil como hacer lo propio con la convocatoria para una concentración.

Los viejos y los nuevos activistas (que no se distinguen por la edad, sino por el medio de acceso) sumamos así nuestras fuerzas para alcanzar el objetivo que tenemos en común: proteger, ejercer y expandir nuestros derechos democráticos, pilares fundamentales de nuestro bienestar social y personal.

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