sábado, 14 de diciembre de 2013

Lo que llevo conmigo



Cuando me enteré, hace unos meses, de que debía marcharme del instituto donde había trabajado en los últimos años, el mundo se me vino encima. Allí había encontrado mi sitio: había madurado como docente y como persona, mis clases se acercaban ya a la idea que tenía de ellas cuando aún era estudiante, mis alumnos y mis compañeros me querían y me valoraban. De alguna manera que todavía hoy no alcanzo a entender, me invadió la certeza de que mi vida laboral solo podía empeorar y que mis mejores años iban a quedarse atrás.

Observando el estado de alma-en-pena en que me encontraba, varios compañeros trataron de animarme. "No te preocupes", me decían, "tú vas a estar bien allá donde vayas, porque llevas lo bueno contigo". Es una frase que me repitieron compañeros distintos en diferentes ocasiones, pero entonces no supe entenderla, ofuscada como estaba en mi profunda tristeza.

Las primeras semanas en mi centro nuevo fueron bastante difíciles. Sentía que mi carrera había vuelto a empezar: no encontraba las clases, mis libros no llegaban, ninguna cara me era conocida, utilizar los recursos audiovisuales era una travesía en el desierto... Intentaba no acordarme de mi anterior instituto, donde todo parecía hecho a mi medida, para no aumentar hasta grados insoportables mi desazón. Sin embargo, mientras me centraba únicamente en esforzarme al máximo para volver a sentirme en casa, todo aquello que me vaticinaron y yo no creí posible empezó a ocurrir.

Mis compañeros se aprendieron mi nombre en pocos días. Éramos bastantes los profesores nuevos que habíamos llegado este año; aun así, pronto me saludaron por los pasillos con una sonrisa. En mi ofuscación, más de una vez llegué a pensar que se estarían riendo de mis malos pelos o algo por el estilo; ahora entiendo que, por muy despeinada que fuera, su sonrisa era una muestra de simpatía.

Mis alumnos no tardaron en comportarse como lo hacían mis alumnos de años anteriores, regalándome sus declaraciones de amor ("Me caes bien, profe"), persiguiéndome a la entrada para preguntarme si hoy haríamos tal o cual cosa, pidiéndome que volviera a ser su profesora al año siguiente... Durante mucho tiempo había estado convencida de que este idilio era el resultado de muchos años de trabajo, de alguna especie de buena fama cultivada a lo largo de los cursos; sin embargo, en esta ocasión se estaba produciendo en el angosto lapso de tan solo unas semanas. 

Pronto tuve mis libros, conseguí que me fiaran un equipo multimedia, saqué mis bandejas de la bolsa del carrefour donde se pudrían desde hacía algunos meses, me hice un sitio en el departamento, una conserje me chivó anticipadamente mi código para la fotocopiadora, me apañé una caja para el papel reciclado. Mis clases funcionaban como en años anteriores, los compañeros me conocían y respetaban, y yo empezaba a sentir que aquella casa nueva se parecía cada vez más a mi propia casa.

Entonces me acordé de la frase que tanto me habían repetido y creo que llegué a comprenderla. Hasta este cambio de centro de trabajo (que ahora valoro e incluso agradezco), siempre había atribuido mi bienestar laboral a las circunstancias externas: un centro bueno en un lugar bueno con buenos alumnos y compañeros buenos. Y aunque esas circunstancias sin duda influyen en mi día a día, hay algo que no cambia y que se ha revelado como la esencia última de mi rutina: algo que me fortalece, reconforta y libera, evidente para los demás pero sobre lo que yo no había reparado apenas.

Lo bueno que llevo conmigo.

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